viernes 20 de noviembre de 2009

Reflexiones


No me gusta tú cara. Pareces un machista prepotente que intentas evadirte de tus putas frustraciones, mientras te sacas esa mierda entre los dientes y acribillas con tu asquerosa mirada irreverente a la chica, que está al otro extremo de la barra. Son las once de la mañana y me tomo una cerveza. Sé que termino de trabajar a las dos de la tarde y me da igual. Los perros, de distintas clases sociales, pasan con sus mascotas. La viejita mira de arriba abajo al joven, que mea sin pudor al lado del contenedor de la basura, y lo maldice en silencio. Unos metros más allá, su perro se caga en toda la acera, sin que ella se inmute. No se para y sigue. El sevillano también bebe. Tiene dos hijos pequeños y desde hace diez meses no consigue trabajo. Está preocupado, el Betis ha vuelto a perder. La chica del otro lado está incómoda, sabe que la miran y se ha dado cuenta de que su pelo planchado se ha desordenado, por culpa del ventilador que está tras ella. Mis pensamientos fluyen deshaciéndose como el humo, que inunda el pequeño y estrecho bar, mezclándose con el aire irrespirable que compartimos. Me resisto a tragarme el aire vahoso que entra y sale por tus narices de cerdo. Abdul entra dándonos palmadas en la espalda con su tierna sonrisa y alguien le grita y ríe: “¡moro échate una cerveza!”. Él lo mira sin dejar de sonreír pero dejando adivinar su respuesta. La mañana se va convirtiendo en tarde y yo me aburro.”¡Qué asco de domingo”!.

domingo 15 de noviembre de 2009

Tics



Sus grandes ojos tenían un brillo especial. Un brillo que se prolongaba en el tiempo, cuando conoció a Jose hacía cinco años. Entonces, aún, los años no pesaban y la vida resultaba ligera. Mensi siempre había sido despistada, era una tradición familiar que se respetaba de generación en generación. Recordaba en la cocina, mientras ordenaba las tasas de café por colores, en ordenadas filas, como si se tratase de una jura de bandera y con las asas siempre hacia el exterior; aquel día en que conoció a quien sería su marido. Cuando habló con él por el móvil por primera vez no entendía como podía haber puesto su número, en vez de el de él en su billete electrónico. Sus labios dibujaban una cierta sonrisa que el tic nervioso trasformaba en una expresión de asco. La pulcritud de Jose es lo que más llamó la atención de la madre de Mensi cuando lo conoció: “Qué limpito parece ese chico”, a la vez que Mensi reía sin ningún tic. La silla parecía un ejecutivo espantapájaro, abrigada por la impecable chaqueta de moda, la corbata de rayas azules, los zapatos brillantes. Sus manos siempre repasaban su cuerpo para asegurarse que todo estuviese en orden, a la vez que revisaba minuciosamente los cuadros del salón y el pasillo haciéndoles recuperar su milimétrico equilibrio. Nunca faltaba el beso sobre las mejillas de Mensi y los correspondientes a sus tres hijos que reposaban tiernamente en sus frentes a la hora de comer. La paz familiar se adornada por algunas risas y anécdotas de la jornada. Jose siempre era el primero en levantarse para servirle el café a Mensi y se ponía a recogerlo todo, observado por aquellos ojos brillantes. Desde la cocina Jose oyó el ruido de la tasa de café al caer al suelo, era cuando Mensi lo veía aparecer por la puerta del comedor, serio, estupefacto durante unos segundos hasta que rompía a gritar: “¡Pero tú eres imbécil! ¡no sabes hacer nada biien! ¡Inútil! ¡Serás hija de la gran puta!” Y por la noche, en la cama, mientras la lágrima descendía, se maldecía por ser tan despistada, por no haber puesto el número correcto.

lunes 9 de noviembre de 2009

Andamana, la reina mala

Como si fuera un sueño, una neblina de polvo recorría el barranco, que se desprendía de las grandes paredes, que ahora quedaban atrás, para abrirse en una inmensa llanura, queriendo abrazarse al mar, que ya se divisaba desde lo lejos. El millar de cabras invadía las tierras bajas, como un carnaval de intensos olores. El canto desafinado de las hembras, que replicaban, a modo de coro, la llamada del macho, llenaban el espacio, como lamentos burlescos de una murga embriagada. El aire se espesaba con el olor penetrante de los animales, que salpicaban el paisaje con sus colores amarillentos, ocres y marrones, rompiendo la monotonía de las piedras grisáceas del barranco y el verde de los balos, tabaibas y ahulagas. Acostumbrados a las tierras altas, en el llano los pastores se sentían vulnerables, indefensos ante cualquier peligro. Los achicaxnas que trabajaban los campos de cultivos lo respetaban, sabían que eran muy habilidosos en el manejo del palo y el garrote, eran orgullosos y a veces soberbios; pero, también, sabían que eran la cantera de donde salían los mejores guerreros, en los que descansaban su seguridad ante las amenazas.

Los cuerpos, sudorosos por el fuerte calor y el duro trabajo, mostraban una morenez brillante que parecían salir de sus tamarcos a medida que descendían de las montañas al llano, y ascendía la temperatura a lo largo de la mañana. El rostro de Dácil tenía un atractivo camuflaje. Su piel oscura y brillante se embarraba con el sudor y el polvo, dándole un aspecto realmente guerrero. Hacía algún tiempo que había perdido aquel semblante serio. El esfuerzo casi no le afectaba, contagiada por una alegría que la hacía más vitalista, iluminada por una sonrisa y una mirada que deslumbraba. Sus silbidos y gritos se mezclaban con su risa contagiosa y juguetona, cómplice de las locuras de Taré. El joven bárbaro siempre hacía de las suyas, ante las sobresaltadas cabras que, sin embargo, siempre reclamaban su compañía, especialmente los pequeños baifos, acostumbrados a sus juegos y tiernas caricias. A los pocos meses de convertirse en pastor, su comportamiento había cambiado. Ahora era más maduro y sus sueños más nítidos, aunque, en ocasiones, volvía a la adolescencia para recuperar sus traviesas manías.

sábado 7 de noviembre de 2009

Y después



… Y después, entre el follaje gris y azul, que se retuerce en el aire de la habitación hasta agotarse y sucumbir, mi mano se hunde en el mar sereno y castaño de tu pelo liso que baña mi pecho. Mi cuerpo, prisionero de tus abrazos y herido por tus pezones afilados, se rinde acorralado por tus piernas, que trepan desde los pies de la cama, después de la batalla. “¿Por qué hacer el amor y no la guerra si podemos hacer las dos cosas?” –Te pregunto en el silencio roto por un suspiro, mientras cae una lluvia de cenizas sobre la sabana empapada, con sus pliegues cabalgando al ritmo de la respiración. Es ésta la imagen más intensa; la que más me gusta de ti. Escondidos del tiempo y de todos sin importarnos nada más que estar, permanecer, casi morir. Poco a poco las manos se mueven sobre la piel, como los cangrejos tras el temporal, resbalando por tu espalda; las tuyas, sobre mi vientre, pronto se pierden en busca de algún naufragio, para saquear sus tesoros. Ajeno a ello, apago el cigarrillo en el cenicero, que se balancea sobre la cama, para luego coger la cerveza y, antes de beber, pienso en tu sonrisa, esas líneas de tus labios sobre las que cuelgan mi existencia, mi felicidad. Siempre necesito verla, imaginármela, inventarla. “Tu sonrisa a cambio de un trago” –te soborno y tú levantas la cara y yo te miro, y tu cara no es tu cara, y yo cierro los ojos para verte, para besarte.

miércoles 4 de noviembre de 2009

Letras (Fuengirola)nº16/año09/noviembre


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martes 3 de noviembre de 2009

SIN PELOS EN LA LENGUA…

“Desnuda en la Arena” fue la primera película erótica que vi, mejor dicho me escabullí en el teatro para verla, cuando justo entraba a la dulce etapa de la pubertad.
“Pubertad” fue una palabra que nunca busqué en el diccionario pero que inmediatamente la asocié con la maraña de vellos que aparecieron en mi pubis. Ajá, me dije, dando por sentada la asociación del hecho, las ideas y palabras.
Al ver la película, cómodamente sentado en el teatro de mi barrio de aquel entonces, gocé por brevísimos minutos del panorama de la mismísima enmarañada zona púbica, que ahora me brindaba la voluptuosa polla de doble pechuga: Isabel Sarli, y sin el permiso de Armando Bo, simplemente se armó algo aquí abajo y tuve la misma reacción de un burro.
¿Por qué? Se preguntarán. Bueno, les explico.
Primero, porque como un animal sin raciocinio, tan pronto vi la pecaminosa escena mi reacción fue inmediata. Sentí una dulce sensación que recorrió mi alma, me hizo suspirar y luego endurecer algo de mí que me hizo asociar al dios Eros y sus bacanales, de mis clases de historia universal, con la dureza que se producía allí debajo, pidiendo permiso a empellones entre el follaje de vellos y la cremallera de mi pantalón.
Y segundo, por otra razón más, que explicarlo sería pornográfico; un poco parecido al algebra ya que se refiere al miembro elevado a su máxima expresión.
“¡Los hombres son unos burros!” me dijo mi primera enamorada, la segunda también y así sucesivamente hubiera seguido hasta el infinito, si yo fuera inmortal; pero no sólo de enamoradas sino de todas las amigas con quienes pude hablar con la confianza suficiente, para que me explicaran que los hombres somos unos tontos, insensibles, egoístas, materialistas, inútiles en el mejor momento, mechacortas, choqueyfugas, meteysacas etc, etc… que sintetizaban con la palabra: “Burro”; pero que yo siempre lo asocié con el único detalle físico con que podíamos compararnos con el aventajado animal… en sueños.
“¡Lo que tuviste fue una erección, tonto!” me explicó musicalmente mi enamorada, una chica muyyy mala, aunque no usó el adjetivo, “Burro”, para calificar mi falta de vocabulario, algo en lo que ella era experta. De allí en adelante esas palabras y todas sus variaciones quedarían asociadas en mi cerebro… de “hormiga o burro”, como quieran, lo dejo a su discreción.
Ella me enseñó muchas cosas más, como dije: tenía un buen vocabulario, pero era el ejercicio de la “lengua y bocabulario” en lo que más destacaba. No me importó mucho su currículo porque en esas épocas aun no despertaba mi morboso libido a plenitud, sino era su angelical rostro lo que me atraía, pero como dije también: ella era muyyy mala!!!. Me enseñó anatomía aplicada y geografía. En donde aprendí manualmente e “in situ” sus depresiones y protuberancias con sus respectivos nombres científicos y vulgares.
Así me convertí en un Rodrigo de Triana al ver y saltar como un loco ante su enmarañado y virginal bosque, en Colón tan pronto pude pisarla y besar sus orillas, y en Magallanes cuando me escurrí por su húmedo y tormentoso estrecho… Ah, me olvidaba de Orellana, quién perdido y de casualidad navegó desde el Perú por el Amazonas hasta su desembocadura: el océano Atlántico, y así, descubriendo el Brasil (¿?)… Sí, también lo fui, sólo que yo, tan extraviado como él, humildemente llegué a Potosí.
Juro que todo esto es totalmente cierto, sucedió a mi arribo a la pubertad y debut de adolecente. “¿Adolescente?” palabra que no sé porqué la asocio con el Rock y la enfermedad. ¿Vendrá de “Adolece…?” o de mi pasajera adicción por “Rosy y sus cinco hermanas” previa a mi primera enamorada.
Bien, así fue el debut de mi quinceañera pubertad en el verano del 62. Y luego, terminadas las vacaciones escolares, regresé al colegio privado de curas Salesianos en donde estaba internado. Donde las inquisidoras miradas de los mal disimulados célibes descubrieron que yo ya no era el niño inocente que había dejado el colegio el pasado diciembre… Sino un burro hecho y derecho.
Esto se los he contado sin pelos en la mano… Oh perdón, quise decir sin pelos en la lengua… Oh shit!!!… La corrección resultó peor que el error… Bueno, mejor lo dejo como está y ya.





PS: Mi primera enamorada, como siempre sucede, me dejó por otro burro más experto tan pronto me fui al internado. Yo sufrí pero la olvidé. Hace poco tuvo el descaro de enviarme una foto suya para hacerme ver lo que me perdí… Ufff, de lo que me salvé ¿No es cierto amigos?

domingo 1 de noviembre de 2009

DEL AMOR


Tan extraña es la naturaleza del amor, que se reputa valiente y vencedor no al que lucha contra él, sino a quién ante él se rinde...